Abel Azcona

Abel Azcona, atacado por denunciar

¿Qué hay que hacer para que en este país se critique a través del arte sin salir perjudicado? Me pongo en situación. El pasado 20 de noviembre se presentaba en una sala del Ayuntamiento de Pamplona Desenterrados, la nueva exposición del artista navarro Abel Azcona. Esta surge de la performance Enterrados, realizada en mayo de este mismo año en la que el artista cubrió de tierra a algunos familiares de víctimas del franquismo en la plaza Conde Rodezno de la misma ciudad. Desenterrados expone las fotografías realizadas ese mismo día y algunos objetos asociados a la performance. No ha pasado una semana y el edificio ya ha sido atacado y parte de la obra robada. Podría parecer que la exposición ha generado un desasosiego insufrible para aquellos que todavía niegan que bajo la tierra española sigue habiendo cadáveres de los que se opusieron al régimen franquista. Pero la pieza en cuestión que ha provocado los ataques –el propio Azcona sigue recibiendo insultos y amenazas a través de las redes sociales– queda al margen de todo esto. Vamos a ella.

 

Abel Azcona

 

242 hostias consagradas, guardadas durante las respectivas eucaristías para formar la palabra pederastia. Dentro de Desenterrados se exponía la serie de fotografías en las que Abel creaba esta obra y un plato con algunas de las hostias en cuestión. Unas fotos y algo de pan emplatado para denunciar el abuso a menores, perpetrado por determinados cargos de la Iglesia nacional a lo largo de la historia de este país. Por si los ataques a la exposición y al propio artista no fueran suficientes, la Asociación Española de Abogados Cristianos se ha querellado contra él por profanación. Además, en change.org se ha abierto una recogida de firmas que ya ha superado las 80000. Unión del Pueblo Navarro (UPN) pretendía que la exposición fuera retirada pero el Ayuntamiento de Pamplona acabó votando en contra (a excepción del Partido Popular). El arzobispo de Pamplona también ha intervenido convocando una misa de reparación por la gravísima profanación de la eucaristía. Todo este revuelo, repito, por denunciar una realidad con unas fotos y algo de pan.

Si por algo ha aumentado la popularidad de Abel Azcona en los últimos años es por la potencia arrolladora de sus actos. En cada performance pone a la sociedad contra las cuerdas, ataca sin violentarse contra los espacios de confort de los que reciben su obra. Además de guardar un fuerte componente autobiográfico, su obra se caracteriza precisamente por la crítica constante a los que han quedado silenciados y por los que se ven sometidos a la opresión. A través de The Shadow, el artista se revolvía aquí también contra el abuso a menores, recogiendo 30 casos (incluyendo el suyo propio) de habitantes de Pamplona. No sólo fue criticado por ella sino que la exposición está dando la vuelta por Europa. Y en Eating a Koran se pasó seis horas comiéndose un Corán para criticar el fundamentalismo religioso. Entonces no salieron a recoger firmas para denunciar una blasfemia de tal magnitud ni nadie se llevó las manos a la cabeza en este país por atentar contra un elemento sagrado. A cada uno le duele lo suyo, supongo. Pero, seamos claros, el conflicto no está en “robar” –como acusa Abogados Cristianos– 242 hostias consagradas sino en utilizarlas para denunciar que durante años se han repetido constantemente casos de sacerdotes que han abusado de niños y niñas en este país y parece imposible intentar sacarlo a la luz sin que se pretenda tapar rápidamente.

 

Abel Azcona

Eating a Koran, Abel Azcona.

 

El caso de intento de censura a Abel Azcona, por desgracia, no es el único que hemos vivido recientemente. Parece que cada vez más artistas nacionales intentan ser silenciados tanto por colectivos individuales como por las estructuras del estado. Este mismo año se cancelaba una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) a causa de una escultura en la que el anterior rey de España era sodomizado. El año pasado, el artista Ausín Sáinz era retenido por la policía mientras se desmontaba su exposición No apta para todos los públicos en Salamanca por ridiculizar a la infanta Cristina y al presidente del gobierno. En el 2013 se expulsó a Camila Cañeque de ARCO por realizar una performance en la que simulaba representar la muerte de España. Un año antes, en la misma feria, la escultura de Eugenio Merino en la que había refrigerado a Franco era retirada. En ese mismo año, La Fresh Gallery era atacada con cócteles molotov por una serie de fotografías de Bruce LaBruce.

 

Camila Cañeque

Camila Cañeque en ARCO 2013.

 

No es un caso aislado. Y tanto lo que ha sucedido con la exposición de Abel Azcona como todos los casos enunciados, guardan unos elementos comunes: la crítica y ridiculización de los poderes del estado, la religión católica y el concepto de España. El arte únicamente puede ser juzgado por los ojos del espectador, nunca debe verse sometido a un proceso legal. Es inconcebible que en el 2015 los artistas tengan que seguir pasando por el rasero de la censura y viéndose víctimas de ataques contra su obra. Así que, ya lo saben, si están estos días por Pamplona, pueden visitar Desenterrados hasta el 17 de enero. Dense prisa, por si los iluminados.

 

Carlos Moya Gómez

Carlos Moya Gómez

Nacido en la indómita Barcelona, hablo con el arte para entender el mundo. Ecléctico de nacimiento y con tendencia a la sociopatía por deformación profesional.
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