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Animación de avanzadilla

Tendemos a olvidar, por influencia de la costumbre, el origen de las cosas, ese comienzo que muchas veces se demora demasiado y que evoluciona a un ritmo lento, costando sudor y sangre a más de uno, pero que llega hasta hoy como un hábito tan común que impide creer que alguna vez no lo fue. Hoy, recuperando de la estantería una de esas películas que no sé ni cómo ni cuándo adquirí, pero siendo muy consciente del por qué, ocupa mi cabeza la animación, ese extenso género ubicado en las entrañas del cine pero más antiguo que él, y me da por pensar en todo lo que ha pasado hasta convertirse en el concepto que entendemos hoy. Porque fácil no lo ha tenido; las ha pasado canutas, eso es cierto.

Estamos acostumbrados a ver en cartelera, año tras año, películas de animación fáciles de consumir y para todos los públicos que, aunque por lo general no aportan demasiado, te hacen partícipe de un rato de gozoso entretenimiento. E incluso fuera del cine más comercial, con una animación menos conocida, más independiente y a menudo más interesante podríamos estar semanas enteras anclados frente al televisor y no nos acabaríamos todo el material que se nos ofrece. Animación hay, como digo, para rato.

Pero, ¿dónde está su origen? En la teoría es sencillo, algo que engloba historias que se enseñan, o te enseñas, que, sin dejar de ser interesantes, son inamovibles y no tienen cabida para el análisis o la reflexión. Matizo, ¿dónde está el origen artístico de la animación? ¿Quién decidió alejarlo del mero entretenimiento y presentarlo a modo de recurso plástico? En esa animación de avanzadilla se encuentra todo un arsenal de artistas que sin grandes equipos, ni potentes productoras, ni recursos destacables hicieron de esta técnica historia, crítica y diálogo. Con un par. Rompedores de verdad que servían a un propósito -el arte- y a una necesidad -la suya propia-. Creadores venerados hoy por todo un séquito de seguidores que, pese al esfuerzo, nada pueden hacer contra el alud de jóvenes cuyos fluidos hierven ante vampiros de instituto. Los tiempos cambian.

 

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Fotograma de Ruka (Jiří Trnka, 1965).

 

Paso la tarde entre las obras de arte de Jiří Trnka, toda una autoridad en la técnica del fotograma y padre influyente de un género cuyo mayor foco se situaría en los países del este de Europa, donde un gran número de creadores le seguirían. Como si no lo hubiera hecho ya, Ruka (La mano, 1965) me deja con la boca abierta. Un cortometraje que, sin una sola palabra, dice mucho; tanto, que su difusión en Checoslovaquia fue censada durante dos décadas por un estado comunista que, al parecer, vio en el film toda una amenaza. La historia de Ruka es sencilla y su mensaje conmovedor, que cada cual opine y extraiga sus conclusiones.

En los países del este se ha mantenido toda una tradición de la animación, y es que lo que allí se coció, y se cuece, es inaudito. Ladislas Starevich, primero en rodar escenas stop-motion con marionetas; o Garri Bardin, maestro en dar vida al objeto cotidiano; o Jiří Barta, con su poesía hecha imagen; o Jan Švankmajer, paisano de Trnka y por el cual no puedo evitar perder los estribos, pues es a la animación lo que Picasso al cubismo. Hable quien hable.

 

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Fotograma de Discurso apasionado (Dimensiones del Diálogo, 1982).

 

Švankmajer ha sido, y sigue siendo, una inspiración para un gran número de cineastas del género más contemporáneos -y que sonarán algo más- como Tim Burton o los hermanos Quay. Sus obras son el más puro surrealismo llevado a la imagen. El artista checo es autor de films en los que se aprecia de forma inmediata su amor por el arte plástico y su maestría para dar vida a personajes creados por esa maravilla que son sus manos, adentrando al espectador en un mundo onírico, en ocasiones de pesadilla con un toque particularmente desagradable pero que saben jugar con la alternación de la sonrisa.

En opinión de uno que escribe, Švankmajer constituye uno de los grandes artistas del pasado siglo, cuya obra maestra, Možnosti dialogu (Dimensiones del Diálogo, 1982), es como para mojar los pantalones de gusto. Un cortometraje dividido en tres partes que, en su traducción, equivalen a Discusión exhaustiva, Discurso apasionado y Conversación efectiva. Cada una de ellas tiene lo suyo, pero en su conjunto atesoran el más puro estilo del artista checo.

No digo más, pues hasta ahora tenemos suficiente como para dedicar una tarde de domingo al cine de animación más influyente y menos conocido, en una de esas en que parece que no hay nada que hacer y en la que acabamos sucumbiendo a cualquier actividad superflua y estúpida. Un suculento aperitivo que quizá despierte el hambre. Quizá, incluso, nos recuerde que el origen de las cosas está ahí.

 

Salvador Carbonell-Bustos

Salvador Carbonell-Bustos

Artista plástico, nacido en Valencia. Vivo en un taller invadido de papeles en los que alguna vez escribí una idea o esbocé un dibujo.
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