Retrato de familia

“El desencanto” después de tantos años

Supongo que alguien nacido en este país o con un cierto tiempo viviendo aquí, de una edad a partir de los veinte años y con curiosidad por la música de culto, conocerá a Nacho Vegas. Supongo, pues, que no reúno esas condiciones puesto que mi proximidad con el cantante es más bien nula. Pero hace poco escuché el que quizás sea uno de los temas más conocidos de su carrera, El hombre que casi conoció a Michi Panero. No voy a mentir, a Michi Panero lo conocía todavía menos, pero el nombre me lleva rondando en la cabeza desde que lo escuché. Con gran sorpresa descubrí hace unos días que era hermano del poeta Leopoldo María Panero. A este sí que lo conozco y bastante. Bueno, todo lo que se pueda conocer a un poeta. Leyendo una entrevista que le hicieron allá por el 2012 hablaba de su hermano, de política, de la locura. Y de un documental de esos que para mi generación ha quedado injustamente en el olvido. Maldigo a quien corresponda por no haberme dicho nunca nada sobre El desencanto, una película de 1976 dirigida por Jaime Chávarri y producida por el interminable Elías Querejeta; una serie de conversaciones entre los hermanos y la madre de la familia Panero. Si hay un momento brillante en el cine español, ese es la década de los 70 y este documental no hace más que reafirmarme.

Pongámonos en situación. Vivió durante la etapa franquista de este país un poeta llamado Leopoldo Panero, de producción más o menos amplia, el cual forma parte de un grupo que los teóricos se empeñan en llamar generación del 36. En el mismo saco han metido a Miguel Hernández, Camilo José Cela, María Zambrano y Blas de Otero. Un cajón desastre para agrupar a todos los que sobrevivieron a la guerra, la cual llegó a tener una mayor o menor influencia en todos ellos. Leopoldo será un representante de esa época, ciertamente controvertido, pues formaba parte de la Falange al mismo tiempo que trataba de traer del exilio a Luis Cernuda y a Maruja Mallo, dos hechos que demuestran una esquizofrenia política y social, a mi parecer. El propio Neruda diría sobre él «la caterva infiel de los Panero, los asesinos de los ruiseñores». Hay muchos elementos y sentimientos encontrados bajo este apellido tan contradictorio. Pues bien, es en la sombra de la muerte del poeta Leopoldo Panero que gira todo el documental. Su esposa e hijos mantendrán una serie de conversaciones en las que se recupera la figura del padre en el marco de la conmemoración de su muerte en su tierra natal, Astorga. Felicidad Blanc, la mujer, y Michi Panero, el hijo pequeño, llevarán la voz cantante y serán los dos agentes principales del film. En cuanto a los otros dos hermanos, en ningún momento llegamos a verlos juntos puesto que no se soportaban mutuamente. Así, la película podría dividirse en dos partes, una primera en la que Juan Luis, el mayor, construye una imagen positiva de su padre, y una segunda parte en la que Leopoldo se encarga de destruir todo lo narrado anteriormente.

Es una película cruel y con un cierto terror ante algunos acontecimientos que se narran, pero no deja de ser sorprendente la comicidad que se acaba desprendiendo. La familia parece estar dotada de una inteligencia privilegiada que lleva, por una parte, a que la madre sea una persona sosegada a la par que directa y, por otra, a tres hermanos con unas mentes incontinentes a los que uno sigue en su conversación como si viera un partido de tenis. Los cuatro exponen una vida de auge y caída con una frialdad que corta, donde cuesta ver el amor entre ellos. Claro que nadie ha dicho que sea obligatorio amarse por formar parte de la misma familia. Es esta película una leyenda épica que se inicia con la gloria del poeta Leopoldo Panero, padre fundador, y acaba siendo un ajuste de cuentas en el que el muerto es silenciado y amordazado, el fin de una raza.

Para ahondar algo más en los personajes, sin pretender que las palabras pasen por encima del documento cinematográfico, podemos decir que Felicidad, por empezar por la madre, es un ser que ha perdido cualquier ilusión, impasible, que fue sometida a la voluntad de su marido y que encontró cierta libertad fugaz a la muerte de este. Pero toda la construcción de su personaje como alguien débil al que uno le toma cariño se desvanece con la llegada de Leopoldo. La madre pasa a ser una persona ciertamente terrorífica, impasible ante la situación psicológica de su hijo, la vinculación del mismo a las drogas y al alcohol y sus diversas estancias en la cárcel y, finalmente, su internamiento psiquiátrico. Ni se inmuta con algo tan crudo como es el intercambio sexual que mantenía su hijo con los locos por cigarrillos –cabe decir aquí que fue esta la última película en sufrir la censura, que borró cualquier comentario acerca de la vida sexual de Leopoldo–. A pesar de todo, Felicidad es una mujer que vive con temor la cercanía de sus hijos con la poesía puesto que el arte literario acaba provocando la triple reproducción del padre.

 

El desencanto

Felicidad Blanc

 

Juan Luis es uno de los personajes más esnobs que puedan encontrarse en la cinematografía española. Aunque si uno mira bien se da cuenta de que lo que está haciendo es representar un personaje para ganar protagonismo por encima de su hermano Leopoldo, a pesar de que, como hemos dicho, no llegan a encontrarse en momento alguno durante la película. Juan Luis debía ser el verdadero heredero intelectual, era él quien empezó la carrera poética, pero la incursión de Leopoldo en el mundo de la poesía y su superioridad literaria lo acabó relegando a un segundo plano. Juan Luis es puro rencor que acaba convirtiéndose en pantomima.

 

El desencanto

Juan Luis Panero

 

A su vez, Leopoldo, reticente en un principio a participar en la película, se acaba convirtiendo en el protagonista. No sustituye únicamente a su padre, haciendo que su recuerdo y muerte no tengan la menor relevancia, sino que lo destituye como el poeta de la familia para colocarse él en su sitio. Es, posiblemente, la ruptura del personaje del atormentado puesto que aunque todo apuntaba a que moriría joven por ser incapaz de vivir consigo mismo no lo perderíamos hasta hace un par de años. Se presenta como el chivo expiatorio de la familia, no por regodearse en la figura del mártir, sino como puro concepto literario. En ese momento, Leopoldo es un intelectual de libro, listísimo, pero sin la visceralidad que, a mi parecer, desarrollaría hacia la madurez de su vida. Es alguien que ha encontrado que «el fracaso más absoluto es la más resplandeciente victoria.»

 

El desencanto

Leopoldo María Panero

 

Por último, Michi puede ser el personaje más agradecido de los cuatro para el espectador. Es el que más convencido parece estar de rodar el documental y el que sufre el cambio más radical, pues si al principio es más cercano a la recuperación de los recuerdos (a pesar de criticar la sordidez que habita en su familia), con la llegada de Leopoldo parece querer tomar él también venganza y llega incluso a criticar a la madre a la que tanto había apoyado anteriormente. Sus constantes diálogos con Felicidad aportan un toque de nostalgia naif que en ningún caso rebajan el tono de terribilidad del discurso.

 

El desencanto

Michi Panero

 

Perdónenme por haberme extendido tanto en esta retahíla de descripciones, pero me parecía agradecido contar cómo yo he visto a estos cuatro seres. Ya les digo que uno puede llegar a El desencanto sin tener la más mínima idea de quién es esta familia y quiénes son estos que están hablando y quedarse absorbido por la pantalla. Si se aventuran a verla, acompáñenla de una segunda parte llamada precisamente Después de veinte años (Ricardo Franco, 1994), un reencuentro de los personajes en la pantalla. Quiero añadir, para acabar, que hay mucho de España en este documental. No me malinterpreten, yo sé lo que quiero decir. Una vez, uno de mis maestros, haciendo un recorrido por los temas fundamentales de la filosofía, me sorprendió con la idea de que aquí sólo se había hablado de muerte. Con los años sigo dándole la razón. España está tocada por la muerte. Y no es una cuestión de la guerra, la dictadura y la transición, no. Váyanse al medievo y verán que ya hablaban de esto. Esta España que no se cansa de hablar de la muerte es la que yo veo en el documental y por eso este retrato va más allá del momento en el que se hace y de los personajes que lo narran y los hechos que les acontecen. Es una película de algo que pudiéramos llamar nuestra universalidad nacional. Dense el capricho de descubrirla. Seguro que ven algo de todo esto. Y, si no, hagan con ella lo que la familia Panero hacía con la autodestrucción: gozar.

Carlos Moya Gómez

Carlos Moya Gómez

Nacido en la indómita Barcelona, hablo con el arte para entender el mundo. Ecléctico de nacimiento y con tendencia a la sociopatía por deformación profesional.
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