Fotografía del rodaje de Pink Flamingos

El gusto por el mal gusto de John Waters

Si algo tiene la censura es la publicidad que proporciona a aquel objeto sobre el que está actuando. Ésta va contra aquellas realidades más intrínsecas en el ser humano por ser considerado de mal gusto el reconocerlas socialmente. Pero, ¿éste mal gusto es así porque desagrada o porque lo que provoca deja en el espectador una sensación de estar unido con la cosa? ¿Dónde se sitúa la línea entre el buen gusto y el mal gusto y quién es el encargado de dibujarla? ¿Es el mal gusto algo inferior al buen gusto o simplemente hay un gusto que se reconoce y otro que se oculta? ¿Está en lo público el buen gusto y queda restringido al ámbito privado el mal gusto? Para resolver estas cuestiones podemos recurrir a uno de los personajes que más ceños ha fruncido y más estómagos ha removido a través de sus películas: John Waters. El cineasta americano dedicaría los años 70 del pasado siglo a la producción de unos trabajos que lo consolidarían como el padre del mal gusto, haciendo que su arte llegara hasta el día de hoy. Las atrocidades más violentas, la sexualidad más oculta y los placeres más desagradables al común de la sociedad se nos sirven sin reparo, uno detrás de otro, en una montaña rusa que asciende tanto que al bajar nos lleva a la arcada.

 

John Waters con uno de los flamencos de Pink Flamingos

 

John Waters, el hijo rebelde de Baltimore, vería cómo sus películas serían censuradas a cada estreno en muchos de los estados de su país natal. La realidad que nos presenta es tan desagradable que a la puritana sociedad estadounidense le resultaba incómodo que en su cine se consolidara un hombre así. «¿No han aprendido todavía los censores que la mejor manera de dificultar la difusión de una película es no hacerle caso?», se pregunta Waters en Majareta, un ensayo en el que se dedica a reflexionar sobre sus obsesiones. La censura que actuaba sobre él era la que permitió que surgiera toda una corte de fieles seguidores que lo subirían a los altares del mal gusto. Es Waters quien recoge toda una tradición anterior de cine incómodo –en especial, del cine de terror– para dar lugar a lo que en los años 90 se convertiría en el género gore. Se encargaría de canalizar el mal gusto a través de la pantalla con unas películas que repiten constantemente los mismos patrones. Así que sus obsesiones son fácilmente reconocibles. El director vierte cubos de mal gusto sobre todo lo que toca y el público lo recoge como algo que le apasiona. Basta con tener claro que allí puede pasar cualquier cosa y que uno se lo debe tomar con humor. Es éste un cine que busca el puro entretenimiento para que el espectador se vacíe de preocupaciones durante el tiempo que dura la película. Está buscando la risa fácil a través de situaciones prácticamente vomitivas. Si un niño se ríe cuando le hablan de excrementos y genitales, un adulto reacciona igual ante las películas de Waters. Quizás lo que consigue es despertar el lado más infantil del espectador para buscar su nula reflexión. Y no por ello debe ser considerado inferior. Simplemente, libra de todo drama a su producción. Si hay algo mínimamente reflexivo en el cine de John Waters es la crítica al puritanismo estadounidense a través de la comedia como ataque. No hay película en la que no aparezca el personaje modélico de la sociedad americana: la madre cristiana, encargada de la casa y de los hijos, sumisa y complaciente a su marido, juez de cualquier actividad que pueda salirse de la moral. Pero Waters parece vengarse de este prototipo en el año 1994 con el estreno de Serial Mom, en la que Kathleen Turner interpreta a una mujer que compagina las tareas domésticas con los asesinatos en serie. El director consigue que con el paso de los años, en sus películas, todos acaben siendo los seres que tanto había odiado la sociedad estadounidense.

 

Cartel de Serial Mom

 

Si hay una gran obsesión en John Waters es la de la violencia, la sangre, la muerte, los asesinos y los asesinatos. Llegaría a poner todo su empeño en seguir de cerca la historia de Charles Manson y su familia, posiblemente los criminales más conocidos de las últimas décadas y, peculiarmente, un grupo de interés para multitud de personas. Si es de mal gusto la forma en que John Waters trata la muerte y la violencia, mucho más lo es cualquier película bélica en la que vemos cuerpos desmembrados o putrefactos. Un film sobre la Segunda Guerra Mundial es igual de realista que la disparatada escena de Female Trouble en la que Divine celebra haber matado a su hija. Waters parece mostrar a los padres americanos lo fácil que es acabar con un niño; los incentiva a liberarse de prejuicios y hacer aquello que tanto desean. No es producto de un loco, sino que sus perversiones le han llevado a saber lo que más de uno desearía hacer. Por ello se dedica a indagar en lo que podríamos considerar pulsiones freudianas: lo oral, lo anal y lo fálico.

Primeramente, todo lo que gira en torno a las bocas de los personajes de Waters resulta desagradable a niveles nauseabundos. Parece estar obsesionado con todo lo que puede entrar por ese orificio pero también con lo que sale. Los banquetes en su cine son de lo más peculiar: la escena canibalística de Pink Flamingos, la imperiosa necesidad de comer huevos de Edie en la misma película o la deglución de vómito por parte de uno de los seres de La Caravana de Perversiones de Lady Divine en Multiple Maniacs. El acto de comer es siempre desagradable y repulsivo. Como con la boca, el ano se convierte en el centro de atención de muchas de sus escenas. Es precisamente en Pink Flamingos donde más aparece esto. Desde el primer plano de un hombre defecando hasta la más que mítica escena en la que Divine ingiere realmente las heces de un perro. Waters está yendo a algo muy perverso. Uno puede ver la película en público y horrorizarse o reírse, pero la reacción en soledad de determinadas personas puede ser totalmente distinta. El cineasta comprende a la perfección la multiplicidad de gustos sexuales que se reparten, en especial, por el mundo del underground. Sabe acerca de la coprofilia, por lo que el gusto placiente de esta escena será sólo para el que la practique y guste de ella. Lo abyecto es el motor y prácticamente único tema sobre el que gira todo lo demás. Por último, todo lo fálico es otro de los elementos que aparece con constancia en el cine de John Waters. En todas sus películas de los años 70 aparece el primer plano de un pene. El director quiere hacernos mirar ahí, en escenas que tienden a ser de sexo desbocado. De hecho, a diferencia de los pechos que aparecen en sus películas con absoluta normalidad, siendo múltiples las actrices que vemos desnudas, sí que encontramos una fijación por los falos. Es un fetichismo más que se cumple, colocando al espectador en el lugar del voyeur. Todas las relaciones sexuales que acontecen en sus películas son miradas a través de los ojos de alguien que se esconde a deleitarse observando. El festival de perversiones es extenso y lo único que nos queda es reírnos o marcharnos y hacer cualquier otra cosa que no sea ver unas escenas tan macabras.

 

Fotograma de Female Trouble

 

Nos preguntábamos al principio cuánto hay de mal gusto en este cine y por qué debemos considerarlo así. Vemos fetiches, perversiones y pulsiones freudianas desbocadas. Nos enfrentamos a los deseos más ocultos de la sociedad y a seres con comportamientos totalmente reprobables. Se encaran el sector más puritano de los estadounidenses con aquel más libertino. Podemos empezar a pensar, entonces, que realmente el buen y el mal gusto, por lo menos en el cine de John Waters, recae sobre lo público y lo privado. Hay un buen gusto que se exhibe, del cual se presume y se está orgulloso de poseerlo. Es lo que le permite a uno tener una posición social prioritaria. En cambio, hay otro gusto malo, oculto, lascivo, que debe esconderse porque puede dudarse de nuestras capacidades mentales si éste sale a relucir. El director que nos ha ocupado está haciendo un cine para este tipo de personas, para los que no se ven reflejados más que en sus películas. Es un gusto de los que gustan de lo que se representa. A pesar de que el público pueda ser amplio, los que sientan verdadero placer serán los que se identifiquen con lo que están viendo. El Daily Variety consideraría a Pink Flamingos como una de las películas más viles, estúpidas y repulsivas que nunca se haya hecho. «¿No es eso algo muy sano? ¿Que uno sea capaz de reírse de los temores más profundos de su mente? ¿No es la risa el primer paso para liberarse de la ansiedad? ¿No podría ser el filme una auténtica terapia de choque?». John Waters está luchando a través de su cine contra todos los tabús impuestos por siglos de puritanismo. Sus películas son el canal para desprenderse de todas las ataduras. El mal gusto dejará de serlo en el momento que se comprenda que no existe, al igual que tampoco existe el buen gusto. Lo único que tenemos es gusto por lo que nos gusta.

 

Carlos Moya Gómez

Carlos Moya Gómez

Nacido en la indómita Barcelona, hablo con el arte para entender el mundo. Ecléctico de nacimiento y con tendencia a la sociopatía por deformación profesional.
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