Maruja Mallo, la surrealista olvidada

Contaba Maruja Mallo en una entrevista para Televisión Española que una vez, paseando por la Puerta del Sol con Dalí, Lorca y Margarita Manso, decidieron quitarse el sombrero. La gente que había en la plaza en aquel momento empezó a apedrearlos y mientras les llamaban maricones los echaron de allí, como si hubieran hecho un descubrimiento, decía Maruja, del nivel de Copérnico. De este acto vendrá que tanto la artista de la que ya he empezado a hablar como las demás mujeres de la Generación del 27 fueran nombradas como las Sinsombrero. Todas han caído en el olvido.

Maruja Mallo empezaría su carrera artística muy joven y ya con 20 años realizaría sus primeras exposiciones. Sería ese el momento de su traslado de Galicia a Madrid en el que tendría fuertes relaciones tanto intelectuales como personales con destacadísimos personajes de la época. Compartiría un vínculo profundo con los que habitaban aquella época en la Residencia de Estudiantes de Madrid (los ya citados Lorca y Dalí, a los que se suman Buñuel y Pepín Bello) y llegaría a tener una relación sentimental con Rafael Alberti, que sería fructífera para ambos pero caótica a la vez. La Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset, le dedicaría una exposición en sus páginas a Maruja siendo esta la única que mostraría sus obras en la publicación. De tal envergadura era su figura, capaz de influenciar a los hombres de aquel momento que hoy día sí son ampliamente conocidos por todos.

Podríamos tomar una primera etapa pictórica de la artista en la que rezuma el color, la alegría y la vida. Aquí encontramos cuadros de Verbenas que representan el momento festivo del Madrid de la época. En los lienzos se mezclarían las imágenes del pueblo en plena expresión del jolgorio junto con la crítica a diferentes estamentos del Estado, haciendo hincapié en su rechazo a la comunidad eclesiástica. Encontramos en esta primera etapa un surrealismo figurativo, un realismo mágico en el que diferentes escenas se suceden en una misma obra. Un viaje a las Islas Canarias sorprendería a la artista con la potencia de los colores de la zona y son estos los que empiezan a poblar estas imágenes. Al mirar la serie de cuadros es imposible que no nos venga a la mente el dúo de Frida Kahlo y Diego Rivera. Si Maruja hubiera nacido en México, habría sido, con toda seguridad, una más en ese grupo.

 

Maruja Mallo

«La verbena», Maruja Mallo, 1927

 

Como si de un augurio se tratara, la obra de Maruja sufre un cambio repentino y las Verbenas pasan a ser Cloacas y campanarios. En esta nueva etapa se enlaza con el Barroco español sin dejar de lado las formas del Surrealismo. Sus cuadros se inundan de una reflexión sobre lo putrefacto de la vida en el mismo momento en que Dalí está haciendo su serie sobre la putrefacción, también presente en el primer cine de Buñuel. Para Maruja habría en ese momento cuatro estados del hombre: el muerto, el esqueleto, el andrajo y la huella. Es una constante. El color desaparecerá prácticamente y se limitará a crear unas representaciones en grises, blancos y negros. Cuerpos desmembrados, animales muertos, suciedad y vacío serían los elementos que parecían estar advirtiendo la llegada de una época trágica para España.

 

Maruja Mallo

«Antro de fósiles», Maruja Mallo, 1930

 

Maruja asistiría a una manifestación del 1 de mayo acompañada de la filósofa María Zambrano, que también forma parte del conjunto de las Sinsombrero. El hecho sería significativo para su obra. Contaba Maruja que se encontró con unos labradores que venían desde Tarancón portando un pan como si de una eucaristía se tratase. Aquello le produjo tal conmoción que dedicaría una serie de obras al proletariado en las que la figura del trigo sería el centro de la obra. La artista nunca escondió sus ideas marxistas y con la llegada de la guerra decidiría exiliarse, no sólo por su pensamiento, sino también por el horror que le producía la destrucción que estaba teniendo lugar por todo el país. Sería en el exilio desde donde comenzaría a escribir artículos en apoyo a los que todavía seguían luchando en España.

 

Maruja Mallo

«Canto de las espigas», Maruja Mallo, 1929

 

Una vez llegada a Argentina, con una carrera artística truncada y una vida en la maleta, Maruja se reencuentra con aquella naturaleza y aquellos colores que había visto una vez en las Canarias. Sus viajes por Latinoamérica forzarían la producción de la serie Naturalezas Vivas. El Surrealismo sigue teniendo presencia en su obra pero está tratado ahora desde la pura formalidad clásica, sin dejar nada libre a la casualidad. Tomaría elementos de las playas como estrellas de mar, caracolas o medusas y los mezclaría con frutas y flores. Las composiciones evocan una perfección de divinidad que podrían llegar a recordar a esos últimos versos de la Divina Comedia de Dante en los que el poeta habla de dos rosas en el cielo sobre las que se sientan todas las almas. Maruja toma una proporción que podríamos llamar matemáticodivina para elaborar unas composiciones de elementos que flotan en perfecta armonía.

 

Maruja Mallo

«Naturaleza viva», Maruja Mallo, 1943

 

Será en el año 1961 cuando la artista retorne a España con el temor de que Franco la recordara. Pero ya nadie sabía quién era aquella mujer. No será hasta la muerte del dictador que los artistas de la Movida retomen la figura de Maruja Mallo y vuelva a emprender su trabajo artístico en la serie Moradores del vacío, formalmente igual que las Naturalezas Vivas pero con elementos más modernos como son los planetas y las naves espaciales. Además, dejaría atrás los óleos y utilizaría aquí ceras, lápices e incluso bolígrafos. Fue un momento de descubrir técnicas mucho más contemporáneas que las que había utilizado siempre. En sus últimas apariciones televisivas, Maruja afirmaría que la soledad era su gran compañera y que «el hombre se mide por la soledad que aguanta». Su salud iría empeorando hasta fallecer en 1995. Desde entonces, cuesta encontrarla en planes universitarios, manuales de arte o documentales sobre la Generación del 27. Como sus compañeras Sinsombrero, Maruja Mallo se encontró con que España la había olvidado. Ser mujer es la causa primera de ese olvido. Ya va siendo hora de volver a hablar de ella.

 

Maruja Mallo

«Viajeros del éter», Maruja Mallo, 1982

 

Carlos Moya Gómez

Nacido en la indómita Barcelona, hablo con el arte para entender el mundo. Ecléctico de nacimiento y con tendencia a la sociopatía por deformación profesional.
Carlos Moya Gómez

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