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Panfletistas y otros menesteres

Siento cierta carga optimista que se enriquece con el paso de los días. Todo parece fresco, renovado y con enaltecidos aires de grandeza. Papeles y pancartas de diversos colores bañan las calles, algunos con tonalidades tan confusas que es imposible distinguir su procedencia -o descendencia-, y caen por el propio peso de su incompetencia al no estar bien ancladas, dejando la vía pública hecha un arco iris. No pasa nada. Basta mirar de reojo para sentir un súbito sentimiento de orgullo, pues todas hablan de oportunidad, de hacer y de crecer, de conseguir, de luchar. Son humildes y sinceros; aseguran que falta mucho por hacer pero poseen la sana convicción de que son la respuesta, la tuya. Si alzaste la vista al cielo, alguien te escuchó. Son el invento a tus problemas. Lo que andabas buscando.

Hablando de cielo y de inventos, me viene a la cabeza algún pasaje leído. A veces leo, ya se sabe. Dije en alguna ocasión que los boletines oficiales se habían convertido en la nueva comedia, en ese espacio para deleitar la vista y echar alguna que otra risa. No todo van a ser malas noticias. No está de más resaltar algunas frases de uno de los documentos más lustrosos y recientes, chirriante por su esencia medieval y nueva cuna de la relevante y más que necesaria materia de religión, como lo es la de la importancia que esta asignatura tiene dentro de la educación para que el alumno pueda conseguir un desarrollo pleno e integral de su personalidad. Yo no tuve el placer de cursar dicha materia, no me dio la gana. Por aquella rebeldía juvenil me arrepiento ahora cada día, expuesto a ser de por vida un hereje falto de personalidad. Sigo leyendo en búsqueda de una esperanza que ayude a la satisfacción personal, de una que desemboque en la idea de que todavía tengo un motivo para no ser un individuo insulso e inútil.

No podría existir una formación integral y, por tanto, una educación de calidad, si no se permitiese el desarrollo de todas las dimensiones inherentes al ser humano, entre las cuales se encuentra la religiosa. Aquí está el quid. Esa es la respuesta, el origen del camino de baldosas amarillas. Entiendo ahora por qué hay hospitales cerrados y otros faltos de medios y personal; entiendo por qué hay cada vez menos profesores en las escuelas; entiendo el por qué del descarado crecimiento de las tasas en la universidad. Hasta que no nos arrodillemos aceptando el bien que hace por nosotros la pandilla de la sotana y hasta que no comprendamos la necesidad de pertenecer a una ideología que ha estado tras muerte y guerras con mayor presencia que cualquier enfermedad, no tendremos nada bueno. Es imposible, es inmoral. Hasta que tal cosa no llegue, no dejaremos de ser la hez pestilente. La absoluta nada.

Entiendo por forzada inercia que las asignaturas de plástica y música, únicas en el desarrollo artístico del joven estudiante de secundaria, pasen a ser materias optativas. Es lógico, que nadie se alarme. La inyección en vena de dichas asignaturas ha supuesto, en la mayoría de las ocasiones, un disfrute para los sentidos y un incremento de la creatividad, lo cual, en resumidas cuentas, se traduce en una solemne pérdida de tiempo y en un peligro que deja la puerta abierta al libre pensamiento, respectivamente. El arte es el mal camino, y hoy más que nunca necesitan voces débiles, cuerpos sumisos y seres obedientes. Sólo así funcionará el mundo, el suyo. Al final Orwell tenía razón. Qué maestro.

La cosa es simple. Escucha lo que piden tus superiores, pues si están ahí es porque estudiaron religión y se olvidaron de la banalidad que ofrecen la ética, la sociedad y los idiomas. Sin ti, sin tu incondicional apoyo, no habrá más noches de juerga bañadas en cocaína, ni trajes de fino corte con que vestir, ni vehículos con accesorios de blindaje, chófer y escolta, ni gin tonics subvencionados en el Congreso. No podrán vivir por encima de sus posibilidades; al final tendremos que vivir nosotros por encima de las nuestras, y ya se sabe lo que sucedió la última vez.

Abre tu cartera y encérate las nalgas, no tengas miedo. Si te entra pavor al ver su buena cara es porque hacía cuatro años que no la veías, no porque no exista. Te piden tu vida. Quieren que te exprimas, que sangres hasta la última gota. A cambio, este domingo te dejarán hablar desde el cada vez más silencioso ruido del voto. Sé solidario con el prójimo. Léete la Biblia, joder.

Escribo y, como siempre, no sé lo que digo. Al principio me equivoqué y hablé de optimismo cuando quería decir todo lo contrario. Me falta carácter y personalidad. Siento el error, pero es que yo no estudié religión.

 

Salvador Carbonell-Bustos

Salvador Carbonell-Bustos

Artista plástico, nacido en Valencia. Vivo en un taller invadido de papeles en los que alguna vez escribí una idea o esbocé un dibujo.
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