Pintura de Adán y Eva

Sexo tras la hoja de parra

El cuerpo, desde su forma más pura, simple y desnuda hasta la más artificial, compleja y edulcorada, ha sido y es -y votemos porque lo siga siendo- objeto de particular interés en la representación artística. Y esto, escapando al desvarío, es porque constituye el todo de cualquiera. El compendio, o el intento, o tan solo un resumen de artistas que han trabajado bajo esta premisa, haciendo de ella una pasión necesaria y hasta cierto punto visceral, daría para una dilatada edición que costaría una vida leer. Sin entrar de lleno, limitándonos a rasgar ligeramente la superficie, todos hemos oído hablar, con mayor o menor frecuencia, de personajes como Francis Bacon y de su debilidad por la piel y la carne, de Frida Kahlo y del cuerpo como la máxima expresión de dolor, de Egon Schiele y de lo erótico de la desnudez. Y de Kiki Smith, Gustav KlimtAlberto Giacometti. Y de Picasso, Matisse y Rodin. O da Vinci. O Caravaggio. O los romanos, los egipcios y los griegos. La presencia del cuerpo en el arte es obvia, sea cual sea la época en que nos ubiquemos y con independencia de sociedades, moralidad y disciplinas. Hasta ahí todo correcto.

Si dicha temática se ha erigido como una de especial relevancia, el sexo no anda lejos. Ahora bien, lo acertado sería, quizá, preguntar si su articulación o su manifestación son adecuadas, o lucrativas, o políticamente correctas, y, tras ello, estudiar en qué lugares es idóneo sacar el tema, o el horario, o qué oídos están abiertos alrededor, pero, como es una gilipollez, no lo voy a hacer. El sexo no es, como sucede con el cuerpo, algo obligatorio. Ni siquiera es, apuremos al máximo, necesario, pero es el rasgo más primitivo que poseemos y es, pese a quien le resulte incómodo reconocerlo, algo jodidamente natural. Y divertido, permítaseme la opinión.

Como suelo escribir a raíz de lo que oigo, de lo que leo o de lo que vivo, me viene a la cabeza el sexo -o resurge con mayor fuerza, puesto que jamás se fue- después de reencontrarme con una noticia que, aunque pueda parecer antigua, de auténtica Inquisición y quema de brujas, chirría por lo cruel de su actualidad. Una artista realiza un bordado de una vagina, convirtiéndola en una obra de arte con un peso y un diálogo y queriendo exponerla al público como tal. Saltan las alarmas. La moral católica invita a la prohibición de que la obra sea expuesta y se suman a la propuesta grupos de ofendidos que, por lo visto, ven en el sexo femenino una puerta abierta al infierno. Un caso más. Otro de tantos que debiera quedar sepultado en un siglo en que creíamos haber llegado bastante lejos en materia de sociedad civilizada. La noticia no es de por aquí cerca y seguramente nadie la recordará, o, que también es viable, no la conoció nunca. Porque esa noticia no es noticia y porque no le interesa a nadie. Pese a lo importante que pueda parecer un tijeretazo de tal envergadura a la libertad de expresión, aquí preferimos esperar a ver cómo se las dará Belén Esteban en la convivencia de la última y más esperada edición de uno de los programas con mayor audiencia y menor decencia de la televisión española. Así nos va.

 

lucian freud

Retrato de Rose (Lucian Freud, 1978-1979).

 

Cuántas obras de arte han permanecido ocultas a lo largo de la Historia, escondidas al ojo y al deleite de todos. Cuántos estúpidos con una capacidad mental limitada han vetado el acceso a la cultura y al conocimiento de una mayoría. Y es que poner el sexo sobre la mesa sigue siendo incómodo, incorrecto e incluso vulgar, y esto viene en la educación más temprana, cuando por el contrario hablamos sin censura alguna de enfermedades, asesinatos, drogas y otros asuntos de naturaleza similar. Y si no lo hacemos nosotros ya se encargan otros de transmitírnoslos a todas horas del día, permaneciendo inmunes a ciertos temas y retrógrados para tantos otros. Si los ciudadanos de la antigua Grecia, exponentes de una cultura que llega hasta hoy y para quienes la representación y la vivencia de situaciones tanto homo como heterosexuales estaba a la orden del día, vieran el pudor con que tratamos los temas sexuales, seguramente se echarían reír antes de llorar ante la involución adquirida por una sociedad tan avanzada en otros asuntos. Pésimo.

Buscando el cierre a un tema de sobra conocido por todos, si el sexo se convirtiera en otro tema más a tratar en la sobremesa, sin ceder a la represión verbal fruto de la vergüenza, rompiendo esa barrera que alguien llamó tabú, y si ciertos colectivos sociales ocuparan su tiempo en tratar de dilatar su contraída moralidad, quizá nos iría a todos un poco mejor. Y como este tema, tantos otros. Igual da. Quizá, apelando al optimismo, la cultura ampliaría sus márgenes, que va haciendo falta. Llamemos a las cosas por su nombre, que para algo se les dio. Que practicar el sexo está bien. Y follar de vez en cuando tampoco está nada mal.

Salvador Carbonell-Bustos

Salvador Carbonell-Bustos

Artista plástico, nacido en Valencia. Vivo en un taller invadido de papeles en los que alguna vez escribí una idea o esbocé un dibujo.
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