Una historia de Historia (III)

En este paseo por la Historia llegamos a uno de los artistas que tanto ha hecho por ella en general y por el arte en concreto. Y es que Vincent van Gogh, cuya supuesta locura ha dotado de tanta cordura a los artistas que desarrollaron las futuras vanguardias del siglo XX, constituye un episodio cuya supresión supondría la incomprensión de unos años especialmente fructíferos. Nada nuevo puede aportarse de tan relevante figura y poco lugar queda ya para la especulación, por lo que, abandonando toda idea de desentrañar algo de tan agitada vida, no puedo más que rendirme ante la maestría de la demencia artística, si es así como debe ser llamada.

 

De van Gogh a la clausura del siglo XIX

Son muchas las obras a destacar del neerlandés, pero a juicio personal me gusta poner en alto El café de noche, por esa perspectiva exagerada, por ese adictivo contraste de colores y por esa luz y esos personajes que evocan a lo terrible, escapando a las archiconocidas El dormitorio (1888) y La noche estrellada (1889), que son brillantes, no cabe duda, pero cuya explotación en cada tapa de libreta, imán de nevera y alfombrilla de ratón ha hecho que pierdan su gracia. No estarán de acuerdo muchos de aquellos que con gorro de verano y bicicleta alquilada fueron a Ámsterdam en viaje de placer y desde entonces son devotos fans del loco del pelo rojo. A ellos, mucha suerte.

 

van gogh cafe de noche

El café de noche (Vincent van Gogh, 1888).

 

Encaminándonos a la desaparición del siglo XIX, allá por el año 1885, la cultura europea comienza a removerse. Cambia la visión -más si cabe-, en su mayoría por el avance científico que encuentra en aquellos años la voluntad para avanzar a pasos agigantados, evidente en un sinfín de sucesos y descubrimientos que, para bien o para mal, influyen en un importante cambio social. Si los impresionistas y sus sucesivos cerraron los ojos al pasado, sin renegar, claro está, de su herencia, ahora se rescata ese encanto por lo ya considerado vintage y las miradas se depositan nuevamente en una época anterior. Así, el pensamiento romántico, cuyo apogeo cesó medio siglo atrás, se quita el polvo para convertirse en foco de interés para las artes, y aspectos que derivan de lo místico y lo oculto son regurgitados para su nuevo uso.

Siguiendo el hilo de este pensamiento resucitado, crece el simbolismo, iniciado con el manifiesto de Jean Moréas, y ciertos artistas como Gustave Moureau o Pierre Puvis de Chavannes adquieren mayor importancia de la que tuvieron en sus días activos, y la palabra de escritores como Baudelaire, Verlaine o Poe se lleva a misa. Del mismo modo, el aire misterioso y turbio que flota sobre el movimiento simbolista, unido a un sentimiento oscuro y pesimista que mantiene que el mundo es un eterno misterio por aclarar, dan a conocer a personajes como Odilon Redon o Henri Rousseau, que pese a sus grandes trabajos no se han convertido en grandes fetiches del apetito coleccionista.

 

Ensayo con las nuevas (Henri de Toulouse-Lautrec, 1890).

 

En Francia llegan los años del art nouveau. Modernismo, si se prefiere. Es el momento y el lugar de Henri de Toulouse-Lautrec, uno de los fieles ejemplos de la bohemia francesa. Un tipo que se alimentaba de la tradición impresionista y postimpresionista y que se embriagaba de la juerga nocturna de los años que daban a luz al Moulin Rouge, lugar en que el delirio frenesí de plumas, vulgares labios pintados y pestañas negras y azules casi provocan un infarto a un alarmado Andréi Bely que solo veía pechos llover sobre su cara. Un demoníaco lugar en pleno auge de la Belle Époque.

Saltando por entre Alemania y Suiza, en Austria, un maduro Gustav Klimt haría su camino a la cabeza de un número de artistas mucho más reducido que en Francia. El propio Klimt sería quien, con el grupo de artistas de la Sezession -fundado por él mismo-, diera a conocer el art nouveau en su país.

 

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Retrato de Adele Bloch-Bauer I (Gustav Klimt, 1907).

 

Pero obviando el claro apogeo de las artes plásticas, que ni mucho menos son el único interés artístico, sirviendo a modo de breve huida europea antes de dar el salto definitivo a las artes de un siglo que todavía tenemos en la boca, cabe recordar a un joven Erich Weiss, que, luchando por mantener económicamente a su familia, dedicando su tiempo libre a destacar en algunas disciplinas atléticas y ajeno a toda posibilidad de obtener el aclamado reconocimiento por parte nadie, comenzaba a interesarse por un campo que hasta al más escéptico ha de provocarle cierto escalofrío en la nuca. Y es que la magia, que en opinión de un servidor es una de las mayores excitaciones que puede recibirse sentado en una butaca, es el puro talento que nace de una insana devoción. Y eso que siempre la he visto como un juego fascinantemente absurdo, pero el hecho de que me dejen con la boca abierta, ocupando mi interés aunque sea por un momento, no puede más que apasionarme. La magia es puro teatro y auténtica falsedad, nada más lejos de la realidad que todos conocemos, pero el saber producir algo que muy pocos saben conforma la base y la admiración de toda creación artística. Erich Weiss era muy consciente de ello, y supo aparecer de la nada y hacerse un hueco en la más tierna infancia del siglo XX. Eso fue antes de convertirse en artista. Antes de ser eternamente conocido como Harry Houdini.

Por esos años, unos desconocidos hermanos apellidados Lumière -franceses, cómo no- instauran las bases del cine, y, con ello, fabrican el pan con que se alimentarían otros tantos artistas en un futuro cercano. Pero eso, cortando las alas a un entusiasmo que me crece como la espuma, lo guardo en un cajón para mi próximo delirio literario.

 

En portada: Toulouse-Lautrec en su estudio durante la ejecución de Ensayo con las nuevas (Moulin Rouge), 1890.

Salvador Carbonell-Bustos
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