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Engullirlo todo: el fenómeno de la “fast culture”

«Una mística que provoca migraña». Con estas palabras concluyó una buena amiga mía la visita a la gran apuesta de este año del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Humanistas como somos no podíamos perdernos La máquina de pensar: Ramon Llull y el ars combinatoria, un recorrido por los textos del pensador medieval y su recepción actual. Documentos originales, instalaciones de vídeo y obras de arte contemporáneo ocupaban el gigantesco espacio del museo. El visitante queda sumido en una oscuridad permanente, despertado en ciertos momentos por inquietantes sonidos. Se crea un aura que pretende ser una ascensión espiritual pero, como decía al principio, le deja a uno agotado.

Mi intención era realizar la visita para traer aquí una reseña decente y acercar la obra de Ramon Llull a los lectores. Salí tan desencantado que no creí que valiera la pena pararse a hablar mucho más de aquello. Una vez más se suscitaban en mí esas eternas dudas que rondan la concepción estética. ¿Qué es arte? ¿Dónde está el gusto? ¿Hasta dónde llega la modernidad? Ya se ha reflexionado demasiado sobre ello y no seré yo el que se detenga ahora a encontrar respuestas. Quizás, tirando por el camino fácil, podemos dejar que cada uno se conteste a sí mismo. O, siguiendo con los supuestos, ese puede ser el camino certero.

 

Imagen del “Breviculum ex artibus Raimundi Lulli electum” (Thomas Le Myésier, c. 1321), donde se muestra a Ramon Llull junto a las claves del “ars luliana”

 

Donde quiero pararme yo a pensar es en la necesidad de esa misma exposición. ¿Qué sentido tiene, después de siete u ocho siglos, recuperar la figura de este pensador y hacerla dialogar con otros elementos de la modernidad? El primer error, bajo mi punto de vista, está en sacar de las sombras a Ramon Llull cuando es prácticamente desconocido en este país. Quizás en las zonas de habla catalana tiene algo más de expansión puesto que suele ser parte de los planes docentes en los institutos. Desconozco completamente hasta dónde llega su palabra fuera de esas fronteras. De lo que sí tengo constancia es del Raimundus Lullus Institut en, atención, la Universidad de Friburgo de Brisgovia (Alemania). El trabajo de comisariado pretende acercar a alguien de suma relevancia a una sociedad que no lo ha llegado a conocer. Las magnitudes de la exposición y la poca información que se ofrece dificultan en gran manera el conocimiento de esta figura, mucho más difícil se hace conocer su obra y aún más la relación que se intenta hacer con el tiempo presente.

El error no está en el qué sino en el cómo. Uno no puede pretender embutir cientos de años de recepción y transmisión de un pensador en un megamuseo como es el CCCB y esperar que el visitante actual haga todo el trabajo. No se puede crear una exposición de tales magnitudes para una sociedad que no tiene capacidades de recibirla. O, más bien, que no ha aprendido cómo debe hacerlo. En un momento tan terriblemente veloz como este, me resulta incluso obvio que nadie se vaya a parar obra por obra a crear su propio discurso de lo que está viendo. Es triste, pero no por ello deja de ser cierto. Justo en el momento en el que entraba yo al museo también lo hacía un grupo de estudiantes de unos dieciséis o dieciocho años. Dudo que alguno de aquellos saliera de allí teniendo una ligera idea de quién fue Ramon Llull y qué diablos es eso del ars combinatoria.

 

Jeongmoon Choi, “Drawing in Space – Connections”, 2015. Instalación presente al inicio de la exposición

 

Por tanto, ¿tiene sentido la exposición? Sí, pero no de esta manera. Algo de tales características requiere un espacio más reducido y accesible, unos mediadores que puedan ayudar al visitante a seguir el discurso, una garantía de conocimiento, una mayor reflexión sobre la selección de las obras que se pretenden poner en relación con el personaje tratado. Ramon Llull no es para todos los públicos y, como tal, no puede venderse como un producto más de la visita turística a Barcelona o de las actividades para hacer en la ciudad. Ojo, con esto no estoy diciendo que haya gente que no merezca o no tenga capacidades para llegar a este pensador. Lo que digo es que debemos empezar a rechazar la generalización de la “oferta cultural”, ese amplio abanico de público entre el que pasaba por allí y queda indiferente y el que tiene un interés, pero no encuentra agrado alguno.

No quiero caer en el abuso contra esta exposición. Es algo que en los últimos años me he ido encontrando en diferentes sitios a los que he acudido. Cuando fui a la Serpentine Gallery en el verano de 2014 para adentrarme en una performance de Marina Abramović, me encontré con una sala abarrotada de gente que hacía perder cualquier valor a la obra. No voy a negar que pude tener mi momento fan espiando a la artista a un palmo de mí, pero, francamente, es triste. O la última exposición de El Prado, la dedicada a El Bosco, siendo la más visitada de su historia con 600.000 asistentes. Cuando llegué allí este verano era más imposible de lo habitual acercarse siquiera a El jardín de las delicias, pues había un río de gente pasando por delante como intentando asegurarse de que estaban haciendo lo que tocaba en esa ocasión.

 

José María Yturralde, “Homenaje a Velázquez”, 1977. Fotografía también presente dentro de la exposición

 

Estos y otros tantísimos casos desprenden un aire de lo que he empezado a llamar fast culture, una forma de relacionarse con la cultura igual que se hace en los restaurantes de comida rápida: llegar, engullir y marcharse con la sensación de haber vivido una experiencia. Lo mismo que hacen estas cadenas de restaurantes es lo que estoy viendo últimamente en los espacios culturales. El visitante va al lugar oportuno de cada ciudad, recorre rápidamente las salas haciéndole fotos a todo (esté permitido o no) y se marcha de allí satisfecho por haber hecho lo que le tocaba. Los museos, las salas de exposiciones, los teatros y los miles de sitios que pueblan una ciudad medianamente grande se abarrotan de photocalls, hashtags, códigos QR, pantallas táctiles y un sinfín de cosas interactivas. Ahora hay que tocarlo todo y compartirlo con todo el mundo y subirlo a las redes y dejar constancia de que uno ha estado allí. E irse de vacío.

Es uno de los innumerables problemas que ya se suman a la banalización de la cultura. La solución no la van a dar las instituciones. El visitante o espectador es ahora un número más a capturar. El beneficio nunca va a ser para él. O se decide a pasar a la acción o se deja llevar por la corriente de la fast culture. No nos creamos que lo que nos ofrecen es lo único que hay. En palabras de Marina Garcés, mi lectura de cabecera desde hace meses, «lo que pervive es la pulsión de hacer mundo construyéndolo, reescribiéndolo, produciéndolo» (Filosofía inacabada, Galaxia Gutenberg, 2015). Hay una necesidad real de tomar las riendas de la cultura, crearla, formar parte de ella, dialogar con las instituciones y no engullir la oferta como si no mereciéramos más. Pero no me hagan caso a mí tampoco, siquiera. Vayan al CCCB, vean la exposición de Ramon Llull, deténganse a espiar cómo actúan los otros visitantes, fórmense su opinión, discutan sobre este texto, escríbanme un comentario poniéndome verde. Pero hagan algo ya.

Carlos Moya Gómez

Carlos Moya Gómez

Nacido en la indómita Barcelona, hablo con el arte para entender el mundo. Ecléctico de nacimiento y con tendencia a la sociopatía por deformación profesional.
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