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El arte es largo, la vida es corta

Definir el arte es, cuanto menos, una tarea que conlleva una especial dificultad. No lo haré, sigo cuerdo, aunque no sería ni el primero ni el último en intentarlo, ni sería mi conclusión más o menos válida que cualquier otra. En comparación, la vida es más sencilla, pues existe de forma inherente para todos, aunque con evidentes matices. Unir ambos conceptos, hacerlos convivir bajo el mismo techo, desemboca en la gestación de uno de los mayores escándalos de la historia del arte. El nacimiento del artista y la búsqueda del entendimiento de la vida (la suya propia) a través del vasto campo artístico ha sido y es un tema considerablemente peliagudo. Una guerra individual que cada cual libra a su modo.

La frase que da título a este escrito no es mía. Su patente (del latín Ars longa, vita brevis) pertenece a ese hombre conocido como Hipócrates, autoridad con la cual no quisiera entrar hoy en disputa, por lo que defenderé el valor de sus palabras. Su significado es sencillo: una vida es demasiado escueta como para llegar al final de tan largo trecho. Una frase tan directa y llena de significado no puede sucumbir al tiempo; si acaso puede llenarse de polvo, pero basta citarla para sacarle brillo a un tema histórico que se arrastra y llega intacto hasta hoy. El artista que lucha es aquel que está más vivo que nunca. Y el que lucha, aunque no disfrute del camino, al menos lo vive. Ya es algo.

Ese es el tema que nos atañe en este preciso instante. En un tiempo en que el arte parece no tener cabida, desplazado a la esquina del ocio y el divertimento y cuyo olor, para muchos, remite a la comida rápida (sírvemelo pronto y dámelo barato), el arte y el artista florecen como una de las fuerzas más resistentes. Quiero incitar a la reflexión, y cada uno es libre de hacerlo a su manera, acerca de lo que el arte dice y hace. Cabe destacar que no hablo únicamente de arte plástico (es creencia popular que los límites del arte vienen marcados por las técnicas manuales), pues el arte reside en el sonido, en la melodía, en la imagen que evoca un sentimiento o produce una reacción, en la reivindicación, en el movimiento corporal que transmite un mensaje, en la danza, en la interpretación, en la viñeta, en la chistera, en los dibujos que cuentan historias en fotogramas, en el boceto, en el haz de luz que traspasa la lente, en la explosión de color o en la ausencia del mismo, en la palabra. En el todo. En la nada. Si durante un día fuésemos capaces de descorchar nuestras encorchadas cabezas para observar, que no ver, cuanto nos rodea, podríamos apreciar, desde que nos levantamos de la cama (o del sofá, cada cual duerme donde más le place) hasta que volvemos a ella, una influencia artística, más o menos directa, en casi cualquier cosa. E incluso en ella, en pleno coma nocturno, podríamos ser partícipes de la intervención de lo artístico, más si cabe, pues el subconsciente hace lo que le da la gana.

Pero el arte, a pesar de su omnipresencia, no es ciencia, no es exacto. No es perfecto. Qué va. ¿Y qué lo es? Precisamente en su imperfección, en la capacidad que tiene para no satisfacer a todo el mundo, reside la cualidad que lo hace indudablemente único. Siempre cuestionable. Siempre en boca. Mi padre, que sin estudios artísticos pero con una capacidad innata para la observación y el análisis ha demostrado ser el crítico de arte más capaz de todos cuantos me he topado, me dijo en una ocasión, durante mi época de estudiante en Bellas Artes, que nadie debería recibir jamás la máxima calificación, pues ella está reservada a la perfección y tal cosa, en el arte, no existe. Gran consejo. Quizá algo falto de tacto teniendo en cuenta que me lo dijo la única vez que conseguí tal proeza. Pero gran consejo.

Otra cosa que sucede en el arte es que su lectura completa se pierde si no se tiene en cuenta su origen. Desvincular obra y artista, u obra y colectivo, hace que algunos hechos se queden por el camino, a menudo los más característicos e interesantes. Es más, muchas obras de arte han llegado a la cumbre no por su calidad sino por el personaje que las acompaña. Y no cito, que si empiezo no paro y la lista es interminable.

Como primer invitado en este blog había prometido a ciertas personas hablar de The Lighting Mind, que comienza hoy su andadura en ese camino que Hipócrates declara largo, y eso es algo que no sucede todos los días. Ruego me perdonen, pero se me calienta la tecla y desvarío con facilidad. Aún así, aunque no ha habido referencia directa, creo haber hablado, a través de algunos de los valores que nos transmite el arte, de una entidad que quiere dedicar su vida a ello. No bastará una sola, eso es cierto. Pero qué demonios, hay que intentarlo. Lo que sí quisiera recalcar es la importancia del artista ligado a la obra y la capacidad de esta neófita plataforma artística para girar en torno a tan relevante circunstancia, siendo su premisa la de hablar tanto del talento creativo como del individuo, o individuos, tras él. Siento no haberlo hecho mejor. Soy artista. No soy perfecto.

Salvador Carbonell-Bustos

Salvador Carbonell-Bustos

Artista plástico, nacido en Valencia. Vivo en un taller invadido de papeles en los que alguna vez escribí una idea o esbocé un dibujo.
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