Querido espectador melancólico

Querido espectador melancólico, hoy me dirijo a ti. Si alguna vez te has preguntado qué es lo que te pasa, debes saber que la melancolía se describe como «tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada». Exacto, ¿verdad?

La melancolía es uno de los estados de ánimo más poderosos que existe. Cuando uno sufre de melancolía, las consecuencias no se muestran a simple vista. Se come, se camina, incluso se duerme; pero en el interior la mente está totalmente paralizada, totalmente cautiva de la melancolía. Este hecho hace que sea aún más difícil curarla, pero para momentos así es para lo que se inventan cosas. Cosas como el cine.

 

la melancolía.

 

El cine nos ayuda a entender cosas que nos superan y nos ayuda incluso a lidiar con ellas. En ocasiones, el problema se encuentra en decir en voz alta qué es lo que nos ronda por la cabeza porque tememos que, si pronunciamos esas palabras, el miedo pueda hacerse más real. Es ahí cuando la melancolía toma posesión de nuestro cuerpo y va apoderándose de nosotros hasta tener el completo control de nuestros pensamientos. Por esa razón, la mejor medicina es siempre el cine. El cine habla por ti, se encarga de gritar fuerte lo que uno lleva dentro sin necesidad de que haya dolor, y, aunque en ese proceso suele haber lágrimas, estas solo nos ayudan a sentirnos mejor.

 

La melancolía.

 

Un ejemplo perfecto de lo que estamos comentado es la película Una serie de catastróficas desdichas (2004) de Brad Silberling. Esta encantadora producción es la adaptación al cine de la novela de Lemony Snicket, alias del escritor Daniel Handler y que cuenta la historia de los desdichados hermanos Baudelaire. Violet, Klaus y Sunny pierden a sus padres cuando alguien provoca un incendio en su casa y se ven arrastrados a la compañía de su horrible tutor, el Conde Olaf —interpretado por un maravilloso Jim Carrey—, que lo único a lo que aspira es a quedarse con la enorme fortuna de la familia. En la escena que te traigo, espectador melancólico, los huérfanos Baudelaire están desesperados ante la perspectiva de futuro que se les presenta con el Conde Olaf. Su estado de ánimo está sumido en la más baja de las melancolías, por lo que deciden construir un espacio seguro que les proteja de todo lo que les está causando la melancolía. Mientras ellos construyen su santuario, oímos la voz de Lemony Snicket pronunciar las siguientes palabras:

«Santuario. Es una palabra que aquí significa “pequeño refugio en un mundo amenazante”, como un oasis en mitad del desierto o una isla en un mar turbulento. Los Baudelaire pasaron la tarde en su Santuario, pero en su interior sabían que un mundo desconcertante aguardaba fuera».

Esa es la solución que toman nuestros huérfanos Baudelaire, pero gracias a eso podemos sacar toda la ternura que llevamos dentro, dejar que nos inunde y salvarnos de la melancolía.

 

La melancolía.

 

Un mundo desconcertante es lo que nos aguarda a todos, porque el mundo está lleno de cosas que dan auténtico terror. Pero no hay que dejar que nos domine, hay que ser siempre más fuerte. Si bien, la teoría es más fácil que la práctica y por esa razón os recomiendo el cine. Mi ejemplo es solo uno entre las miles de posibilidades que se te presentan, espectador melancólico. Aprovéchate de esa ternura y deja que ella te guíe para dar el siguiente paso y no te preocupes por lo que puedas tardar. Al final, la melancolía suele acabar en sonrisa.

La melancolía.

 

 

Mamen García García
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